Bodegas Eduardo Garrido, de Ábalos a Miami

Eduardo Garrido es “el bodeguero de Rioja más viejo y el más viejo bodeguero”: “Falleció Pedro López de Heredia y llevo algún año a Isacín Muga, así que quedo yo…”, explica.

A sus 84 años y con una maravillosa mente lúcida, este pequeño bodeguero de Ábalos recuerda aquella Rioja histórica, en la que poco más de una docena de bodegas comercializaban toda la producción de vino: “Yo me ‘desteté’ con un porrón encima de la mesa”. Y no exagera. Su padre, Vicente Garrido, fue uno de los grandes tratantes de vino que, con una vela y un vaso, cató miles y miles de depósitos de cosecheros que luego las bodegas históricas adquirían para completar sus ‘blend’. Desde niño, Eduardo acompañaba a su padre en tales menesteres: “Era el mejor catador que he conocido -recuerda-, nunca le vi equivocarse”.

Con la ayuda de su hija Amelia, Eduardo Garrido mantiene hoy en día su pequeña bodega de Ábalos, donde sigue elaborando vinos con un perfil clásico, pero sin renunciar a la fruta. Eduardo Garrido García (semicrianza, crianza, reserva y gran reserva) son sus referencias: “Soy de otra escuela, sólo sé hacer vinos finos y apenas tengo dos hectáreas en propiedad”. “Siempre me ha gustado el ensamblaje -continúa-, las garnachas de Rioja Baja son estupendas para los tempranillos de esta zona y ése estilo, con un poco de graciano además en el gran reserva, es el de nuestras etiquetas; lo cierto es que hoy, de los nuevos enólogos, no entiendo ni el lenguaje”, bromea.

Amelia es ahora la pieza fundamental de Bodegas Eduardo Garrido. Residente, a temporadas, en Miami, la firma exporta buen parte de su producción a EEUU y Amelia se encarga además de la cada vez más farragosa labor administrativa: “Me crie a pie de viña y depósito con mi abuelo y con mi padre; mantener la bodega, cuando tienes la residencia familiar en EEUU; es todo un reto pero también una satisfacción”, sostiene.

Visitar bodegas Eduardo Garrido deparará un día de sorpresas. No sólo por el lujo que supone conversar con un bodeguero histórico, sino porque en la primera planta Eduardo Garrido de la casa/bodega guarda una extraordinaria colección de recuerdos, un auténtico museo etnográfico tan indescriptible como difícil de catalogar, empeño que se ha propuesta su hija Amelia aun consciente de que la tarea le ocupará más de un año: desde múltiples utensilios para el cultivo, la elaboración e incluso la analítica del vino (pellejos, comportillos, prensas….) a decenas y decenas de testimonios gráficos y escritos de la España republicana, de la Guerra, de la postguerra y la dictadura…, así como objetos de todo tipo.

El museo le sorprenderá. Entre sus cientos de libros podrá encontrar extraordinarias curiosidades, como ‘El Arte de Cocinar’, una publicación original de 1728 por la que han suspirado varios chef estrella Michelín, pero si visita esta casa preste atención especialmente a uno: el tratado de enología, manuscrito en letra caligráfica y con dibujos de todo el proceso de elaboración, que Vicente Garrido, padre de Eduardo, escribió en el curso 1919/1920 cuando estudió en la Estación Enológica de Haro.

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